
Hace casi 14 años empezamos Foxize con una idea bastante simple (y bastante ambiciosa): que la formación sirviera para algo. No para “hacer horas”, no para llenar catálogos, no para tranquilizar una casilla en un Excel. Para cambiar capacidad real. Para notarse en el trabajo.
En este tiempo hemos hecho de todo. Hemos acertado. Nos hemos equivocado. Hemos cambiado formatos, productos, maneras de vender, maneras de entregar. Hemos vivido etapas de euforia y también momentos de ajuste y resistencia —aquel cambio de foco que contamos hace un tiempo no era una figura literaria; fue una decisión de supervivencia y, a la vez, de madurez.
Y ahora estamos a las puertas de otro cambio. Quizá el más trascendental de todos.
Cuando una empresa dice que “evoluciona” muchas veces quiere decir que ha cambiado el logo y ha reescrito cuatro frases. No es el caso.
Lo que tenemos entre manos es más profundo: cambia la manera en que entendemos nuestro oficio, cambia cómo producimos valor, cambia cómo trabajamos por dentro. Y, sobre todo, cambia cómo miramos al futuro.
Porque hay momentos en los que el mundo se mueve bajo tus pies. Y puedes hacer como si no pasara nada, o puedes aceptar que toca reescribir algunas certezas.
La inteligencia artificial es uno de esos momentos.
Hay una parte de esta decisión que no aparece en una slide y no cabe bien en una propuesta comercial.
En estos meses he vuelto a sentir algo que, con los años, aprendes a no dar por hecho: ilusión. No la ilusión ingenua de “todo será fácil”, sino esa energía muy concreta que te empuja a pensar, a probar, a discutir mejor, a volver a aprender. Esa sensación de estar ante una ola que puede transformar de verdad cómo trabajan las organizaciones… y, por extensión, cómo viven las personas su día a día profesional.
Me ha recordado a otros momentos de nuestra trayectoria: cuando todo estaba por inventar; cuando la digitalización no era un departamento, sino un cambio de época; cuando intuías que se estaba abriendo una puerta y no sabías aún a dónde llevaba, pero sabías que querías cruzarla.
Y me sale una frase muy simple, casi visceral: yo no quiero ni puedo perdérmelo. No quiero mirar esto desde la grada. Quiero estar dentro. Construyendo. Afinando. Aprendiendo. Con el riesgo que toca… y con la responsabilidad que también toca.
La IA ha entrado con una fuerza que no se parece a nada de lo que hemos visto antes. No porque sea “más tecnología”, sino porque toca el núcleo de cómo se hace el trabajo: cómo se escribe, cómo se diseña, cómo se decide, cómo se analiza, cómo se ejecuta.
Y cuando eso pasa, la formación queda expuesta. En el buen sentido y en el malo.
Porque si el trabajo cambia, el aprendizaje no puede seguir funcionando como si nada. Y si la IA acelera tanto el acceso a la información, ya no basta con “saber cosas”. Lo que importa es saber hacer. Y poder demostrarlo.
A nosotros eso nos ha obligado a mirarnos al espejo y hacernos una pregunta incómoda: ¿qué tiene que ser Foxize para seguir siendo útil? No útil “en general”, sino útil de verdad, en el día a día de los equipos.
A partir de ahora, Foxize se presenta como AI x Learning.
Lo digo así, sin adornos, porque no lo vivimos como una frase comercial. Es un marcador de dirección. Nos recuerda, cada día, qué estamos intentando hacer: poner la IA al servicio de algo que sigue siendo muy humano —aprender para cambiar, aprender para crecer, aprender para no quedarte atrás.
Podría explicarlo con mil matices, pero creo que hay una manera suficientemente clara de decirlo:
Menos formación que se agota en sí misma; más aprendizaje que se traduce en capacidad real.
Y sí, esto también cambia cómo definimos la propuesta de valor. Pero lo que más cambia es otra cosa.
Cuando la IA entra en una empresa, hay una tentación: poner una “capa” por encima y seguir igual por debajo. Es el camino fácil. También es el que, a la larga, te deja en la superficie.
Nosotros hemos elegido otra ruta: dejar que la IA entre en el taller. Que remueva procesos, que obligue a simplificar, que exponga ineficiencias, que cambie los roles. Y eso tiene consecuencias.
Está transformando el equipo —no porque la IA “sustituya”, sino porque redefine oficios. Hay habilidades que hoy son imprescindibles y hace dos años ni existían en nuestro mapa mental. Y también hay algo que se ha vuelto más importante que nunca: el criterio. Saber cuándo confiar, cuándo dudar, cuándo validar, cuándo decir “esto no”.
Y luego está la parte menos visible, pero más crítica: la gobernanza. Cuando trabajas con IA de manera intensiva, la calidad no se puede dar por supuesta. La seguridad tampoco. La privacidad, menos aún. Las decisiones de “qué automatizamos” y “qué no automatizamos” dejan de ser técnicas y pasan a ser estratégicas.
Este cambio, en el fondo, es una reordenación interna. Y también es una prueba de madurez: si quieres jugar esta partida, no puedes improvisar.
Lo que más respeto (y más ilusión) me da de este paso es que no es solo una respuesta al mercado. Es una redefinición de nuestro proyecto empresarial.
Foxize nació en un mundo en el que “aprender en digital” ya era disruptivo. Hoy el mundo se ha dado la vuelta: aprender ya no es acceder a contenido; es desarrollar capacidad en un entorno que cambia cada trimestre. Y eso exige una empresa distinta: más rápida, más rigurosa, más capaz de iterar… pero también más responsable.
Por eso digo que es uno de los cambios más trascendentales de los casi 14 años de Foxize. Porque no es una pieza nueva. Es un cambio de motor.
Si trabajas con nosotros como cliente, partner, docente, colaborador o simplemente como alguien que nos sigue desde hace tiempo, me gustaría que te quedaras con esta idea: no estamos añadiendo “IA” para estar al día. Estamos girando para seguir siendo útiles y hacerlo con más impacto.
Y si te apetece hablarlo —no tanto del tagline, sino de lo que está cambiando en las organizaciones y de lo que eso implica para aprender y trabajar— respóndeme. Me interesa de verdad escuchar cómo lo estás viviendo tú.
Este es un nuevo capítulo. Y como todos los capítulos importantes, no nace de la euforia. Nace de una mezcla de lucidez, necesidad… y también de ilusión. De esa ilusión que, cuando aparece, te recuerda por qué empezaste. Y te empuja a decir: yo no quiero ni puedo perdérmelo.